El 23 de septiembre, en su evento Made on YouTube, la plataforma presentó una función que suena a liberación: los feeds personalizados. Escribes en lenguaje natural lo que quieres ver —»documentales largos para desconectar en la noche», «ayúdame a descubrir creadores de bricolaje»— y Gemini arma para ti una pestaña propia en la página de inicio que se actualiza sola. Según TechCrunch y The Next Web, llegará primero a usuarios de Estados Unidos en web, móvil y televisores.
La lectura obvia es que por fin el usuario le quita el volante al algoritmo. La lectura PRAXMA es otra: nadie te está devolviendo el control; te están ofreciendo el uniforme de guardia. Antes la jaula la diseñaba una máquina. Ahora la diseñas tú, con tus palabras, y encima la llamas libertad.
El vicio que se presenta como decisión
En Eres la Luna la tesis es sencilla y cruel: los vicios que más daño hacen no son los que escondemos, sino los que aceptamos como «gasto controlado». El que bebe «solo los fines de semana», el que apuesta «solo lo que le sobra», el que pasa tres horas en el teléfono «porque se lo ganó». El vicio no necesita vencer tu voluntad; le basta con que tú lo administres.
Un feed a la medida es exactamente eso: consumo con presupuesto. Ya no es el algoritmo el que te arrastra; eres tú quien firma cada pestaña. Y lo que uno firma, rara vez lo cuestiona. Es el mismo mecanismo que describimos en Apostar con nombre de inversión: el vicio aprendió a hablar el idioma de la razón. Ahí se disfrazaba de probabilidades; aquí se disfraza de curaduría.
Preferencia declarada contra conducta real
Hay una distancia enorme entre lo que dices que quieres ver y lo que efectivamente ves. Todos escribiríamos «documentales, idiomas, finanzas». Pocos escribirían «peleas de desconocidos, polémicas ajenas y videos de catorce segundos a las dos de la madrugada». Pero eso es lo que la conducta revela cuando nadie mira.
La función no elimina esa distancia; la esconde. Te da una vitrina respetable de tus intenciones mientras el hábito sigue intacto debajo. Es la misma trampa que analizamos en La trampa de la certeza: la mente construye una versión de sí misma donde el error no existe. «Yo no me distraigo, yo elegí mi feed.»
Tres preguntas antes de crear tu pestaña perfecta
- ¿Qué vas a dejar de hacer para verla? Todo contenido se paga con horas. Si no sabes de dónde salen, salen de lo que construías.
- ¿Tu prompt describe lo que eres o lo que te gustaría parecer? Si es lo segundo, no estás curando información; estás decorando una imagen.
- ¿Podrías pasar una semana sin esa pestaña? Si la respuesta te incomoda, no es una herramienta. Es una dosis con nombre elegante.
El eco que tú mismo programas
Hay un segundo costo, menos visible. Cuando el filtro lo escribes tú, solo entra lo que ya aprobaste. Un feed diseñado a partir de tus gustos es, por definición, un feed que no te contradice. Y un hombre que nunca es contradicho se ablanda. En La tiranía del consenso hablamos del error de medir la verdad por la cantidad de personas que la repiten; aquí el problema es peor: el consenso ahora es de uno. Tú, repitiéndote a ti mismo en bucle, con buena iluminación.
El algoritmo antiguo al menos tenía la decencia de ser un enemigo externo. Podías culparlo. El nuevo no deja coartada. Si tu atención se pudre, la receta lleva tu firma.
Lo que sí sería soberanía
La soberanía no consiste en elegir el sabor de la distracción, sino en decidir cuándo no la necesitas. No se trata de romper el teléfono ni de predicar una pureza digital que nadie cumple. Se trata de algo más frío:
- Tratar el entretenimiento como un gasto, no como un derecho. Con monto, con horario y con auditoría.
- Medir la conducta, no la intención. El tiempo de pantalla no miente; tu prompt sí puede mentir.
- Buscar deliberadamente lo que te incomoda: un autor que no piensa como tú, un dato que desarma tu postura.
Cuando el placer se vuelve rutina administrada, el siguiente paso no es la euforia sino el aplanamiento: todo entretiene y nada satisface. Lo describimos en La Autopsia del Placer. Y cuando por fin entiendes que la distracción era una forma cómoda de no enfrentar lo que temías, vuelves a la idea central de La soberanía del miedo: no se trata de huir mejor, sino de dejar de huir.
Elegir tu jaula no te hace libre. Te hace responsable de la cerradura.
YouTube no está haciendo nada ilegítimo. Está vendiendo lo que la gente pide: la sensación de control. El problema nunca fue la herramienta. El problema es creer que una buena herramienta sustituye al carácter.
Si este análisis te incomodó, Eres la Luna desarrolla a fondo cómo los vicios «controlados» van tomando territorio sin que lo notes. Mientras llega, encuentra en la tienda de PRAXMA Editorial títulos que puedes leer gratis o apoyar con un precio simbólico, como Sé que Morí al Ver mi Esqueleto, revisa más análisis en el blog y sigue la conversación en nuestro podcast en Spotify.
Para ir más a fondo
- El vicio que llamas gasto controlado: lo desarrolla a fondo el libro Eres la Luna, gratis o con un precio simbólico.
- Cómo desaprender la obediencia digital: lo desarrolla a fondo el libro El Encanto de la Estupidez, gratis o con un precio simbólico.
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Una respuesta a «Elegir tu algoritmo no te libera: te vuelve tu propio carcelero»
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Viendolo así creo que tener el control está más lejos cuánto más dependes de automatizaciones

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