Mi Verdad?

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El Lujoso Calabozo de los Cobardes

Mírate. Ahí estás, envuelto en la manta tibia de tus propias mentiras, jurando que «las cosas van a mejorar» o que «no era el momento adecuado».

El ser humano tiene una capacidad biológica fascinante para la supervivencia, pero ha desarrollado una mutación patética: la ceguera selectiva. Los ancestros, esos que aún tenían las manos manchadas de tierra y sangre real, no soltaban refranes por aburrimiento. «No hay peor ciego que el que no quiere ver» no es una frase de abuela; es un diagnóstico clínico de tu mediocridad voluntaria.

Te ciegas porque la verdad no es cómoda, no tiene filtros de Instagram y, sobre todo, no le importa un carajo tu bienestar emocional.

Cuerpo del post

La verdad es un animal depredador. Y tú, en tu infinita arrogancia de ciudadano moderno, crees que puedes domesticarla ignorándola. El autoengaño no es un error de cálculo; es una estrategia de defensa de un ego que es demasiado frágil para romperse y reconstruirse.

¿Cuántas veces has ignorado esa punzada en el estómago cuando aceptaste un trabajo que odias, o cuando te quedaste en esa relación que te consume como un parásito? No es que no lo sepas. Lo sabes perfectamente. Pero ver implica actuar, y actuar implica riesgo. El riesgo de darte cuenta de que has desperdiciado años persiguiendo sombras que la moral colectiva te dijo que eran «metas».

La sociedad ama a los ciegos. Un ciego es predecible. Un ciego consume promesas de felicidad a plazos y vota por el menos malo de los mentirosos. La ceguera voluntaria es el pegamento que mantiene unida la estructura de la masa. Si todos abrieran los ojos y admitieran que sus vidas son una construcción de miedos disfrazados de «responsabilidades», el sistema colapsaría en una tarde. Pero no lo harás, porque mirar al abismo de tu propia nulidad requiere una soberanía que te han extirpado desde la escuela.

Nos han vendido la idea de que la verdad nos hará libres, pero se olvidaron de mencionar que primero te va a destruir. Te va a quitar los amigos que solo querían a tu versión hipócrita, te va a quitar la paz mental de la ignorancia y te va a dejar solo frente al espejo. Y ahí, en esa soledad, es donde empieza el beneficio real del individuo. Solo cuando dejas de mentirte sobre quién eres y qué quieres —sin el filtro de lo «políticamente correcto» o lo «moralmente aceptable»— es cuando dejas de ser una pieza del tablero para empezar a mover las manos que lo sostienen.

La verdad no es lo que quieres ver porque la verdad no te da palmaditas en la espalda. La verdad te escupe en la cara que eres el único responsable de tu miseria. El motivo real de tu ceguera no es la falta de luz, es el pánico absoluto a descubrir que, detrás de todas tus excusas, solo hay una voluntad raquítica que prefiere una jaula conocida a una libertad salvaje.

Es hora de dejar de lamerse las heridas con saliva de mentira. La infección del autoengaño solo se cura con el bisturí de la honestidad brutal. Si te duele leer esto, felicidades: todavía queda algo vivo bajo esa capa de anestesia social. La pregunta es: ¿vas a seguir pretendiendo que la venda es parte de tu uniforme o vas a tener los huevos de arrancártela aunque te lleves la piel en el proceso?

Palabras finales

La mayoría elige morir en la oscuridad para no ver cómo se los comen los gusanos. Tú decides si prefieres la luz del incendio que tú mismo provocaste.

Mente PRAXMA | Abre los ojos o deja que la realidad te devore en silencio.


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  • Roger, no es personal, sabes que te aprecio, pero tu historia es una enseñanza brutal que no voy a desperdiciar. En medio del almuerzo, solté un chascarrillo: «El mejor negocio lo hizo la tu madre de 21 años que se casó con el anciano». Entiendan no lo hice por por sel mal rollo , no…

  • Cuando copias, te conviertes en un rehén de la superficie. Eres el tipo que se compra el mismo reloj que el millonario, pero sigue temblando cuando llega la factura de la luz. Has copiado el accesorio, pero sigues teniendo la mentalidad del esclavo.

  • La mayoría de ustedes camina por la vida mendigando «oportunidades», pero cuando la oportunidad les escupe en la cara, se limpian el rostro y piden una servilleta de papel. Esta no es una historia de éxito; es una autopsia social sobre un hombre que decidió buscar sucesores entre su servidumbre y solo encontró cadáveres financieros

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