El poder de la risa

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Vamos a dejar las cosas claras desde el principio, porque si estás leyendo esto, asumo que nadie te ha explicado cómo funciona realmente la maquinaria que llevas en la cabeza. Se dice, con esa cursilería barata que a la gente le encanta repetir, que la sonrisa es el «mayor arte» del ser humano. Y sí, biológicamente tienen razón: reír aporta un beneficio brutal al cuerpo, estabiliza tu jodido sistema nervioso, aplasta el cortisol y te saca del pozo anímico. Es una herramienta de optimización pura y dura. El gran problema, la verdadera estafa, es que desde pequeños nos educan y nos condicionan para usar esta herramienta como unos completos idiotas: nos enseñan a reírnos del mal ajeno.

¿No me crees? Abre cualquier red social ahora mismo. La inmensa mayoría de los videos virales de «comedia» se reducen a un tipo partiéndose la madre contra una banqueta, dándose un golpe bajo o cayendo de la forma más patética posible. En ese microsegundo, tu cerebro de primate libera un chorro de dopamina barata. Te ríes a carcajadas de la desgracia de un desconocido porque te da una superioridad temporal ilusoria. Pero, ¿qué pasa quince segundos después? Deslizas la pantalla, el video se acaba y vuelves de golpe a tu miserable realidad. Tus deudas siguen ahí, tus inseguridades te siguen respirando en la nuca y esa risa no resolvió absolutamente nada. Reírte de ese pobre diablo fue solo un analgésico inútil que no te aportó ni un gramo de valor real.

Aquí es donde entra mi perspectiva, y te advierto que no es para estómagos sensibles. He comprobado, a base de golpes de realidad, que aprender a reírse de las propias desgracias es la única jodida forma en la que los problemas se encogen y dejan de asfixiarte. Cuando la vida te da una paliza y, en lugar de llorar, te ríes de tu propia estupidez o de lo ridícula que es tu situación, esa gran tribulación que parecía el fin del mundo termina siendo una simple brisa que te despeina un poco y ya.

Ojo, no te confundas. No se trata de apagar nuestras emociones a un nivel de sentimientos básico y volvernos monstruos carentes de empatía. Simplemente se trata de darle volumen a esa voz incómoda en tu cabeza, esa que prefieres ignorar porque te escupe la verdad a la cara: en este juego de la vida, lo correcto no se define por perspectivas de cristal sobre lo que es moralmente «bueno» o «malo». Lo correcto es, simple y llanamente, lo que por fría lógica te da el mayor beneficio.

El detalle maestro de esta filosofía es entender que tu problema no va a desaparecer mágicamente porque sueltes una carcajada. La cuenta bancaria en ceros no se llena con risas y el cliente que perdiste no va a volver porque te parezca gracioso. Pero cuando te ríes de tu propia desgracia, ocurre un hackeo en tu sistema: logras sobreponerte a tu propio plano emocional. Te arrancas el disfraz de víctima llorosa y paralizada. Al burlarte de la situación, rompes la neblina del pánico y tu mente se vuelve un bisturí. Detectas los fallos lógicos que te hicieron tropezar y te vuelves asquerosamente eficiente a la hora de encontrar soluciones, porque ya no estás sufriendo el problema, lo estás analizando desde arriba.

Pero oye, si prefieres seguir abrazando tus rodillas en un rincón oscuro esperando a que el universo te pida disculpas por tratarte mal, adelante; he escuchado que la autocompasión es un excelente método para pagar las facturas a fin de mes.

Solo recuerda que mientras tú pierdes el tiempo llorando por la herida, la realidad sigue su marcha, dispuesta a aplastarte de nuevo sin piedad, porque a la vida le importa un reverendo carajo tu sufrimiento.


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  • Dios no nos dio libertad; nos dio la capacidad de sabotearnos a nosotros mismos, y lo hemos hecho con una maestría repugnante desde entonces. La verdad que nadie quiere admitir es esta: el ser humano no sabe qué carajos hacer con su libertad. Nos pesa. Nos genera una ansiedad paralizante. El libre albedrío es un…

  • La verdad es un animal depredador. Y tú, en tu infinita arrogancia de ciudadano moderno, crees que puedes domesticarla ignorándola. El autoengaño no es un error de cálculo; es una estrategia de defensa de un ego que es demasiado frágil para romperse y reconstruirse.

  • Desde que nacen, los adoctrinan con la idea de que «encajar» es sobrevivir, de que deben moverse al ritmo de los tiempos, de que si no se suben a la ola, se ahogan. Les dicen que sigan la tendencia, que sean «relevantes» hoy, ahora mismo.

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