La verdad es un animal depredador. Y tú, en tu infinita arrogancia de ciudadano moderno, crees que puedes domesticarla ignorándola. El autoengaño no es un error de cálculo; es una estrategia de defensa de un ego que es demasiado frágil para romperse y reconstruirse.
Para el rebaño, admitir ignorancia es una blasfemia. Pronunciar las palabras «no lo sé» o «no puedo hacerlo» se considera una herejía contra el altar del ego moderno. Pero te diré una verdad cruda: proteger tu imagen a costa de la realidad es un suicidio lento. Es mil veces peor creerse una mentira para salvaguardar…
Desde que naces, el sistema te inyecta un veneno letal llamado «abnegación en pro del colectivo». Te enseñan que tragarte tus verdades es una virtud. Te dicen que sonreírle al jefe que desprecias, o asentir ante las estupideces de tu pareja para «no pelear», es señal de madurez.
En el momento en que empiezas a gritar para defender tu dignidad, ya la has perdido. Te has convertido en un títere que reacciona a los hilos de un tercero.
Se nos enseña que el beneficio individual es secundario al beneficio común. Otra mentira para mantener la maquinaria funcionando a costa de tu energía