El emprendedor real come frío. No conoce los «puentes» ni los feriados. Absorbe el estrés de cinco, diez o cincuenta familias sobre su espalda, mientras los beneficiarios de ese estrés se quejan de que el aire acondicionado no enfría lo suficiente.
Es imposible no sentir un nudo en la garganta. Es imposible no mirar al cielo y gritar: «¡Maldito seas, Dios! ¡Me cago en tu nombre y en tu supuesta justicia!». Cualquier ser humano con sangre en las venas te daría la razón, lloraría contigo y maldeciría a ese universo cruel que te destruyó sin piedad.