Te vuelves un observador cínico de tu propia vida, viendo cómo todos se alimentan de tu éxito mientras tú te mueres de hambre de algo que el dinero no puede comprar: una puta conexión que no tenga un precio adjunto.
En el momento en que empiezas a gritar para defender tu dignidad, ya la has perdido. Te has convertido en un títere que reacciona a los hilos de un tercero.
Tienes miedo de dejar de estar «en el foco», de que la gente piense que te rendiste. Te importa más la opinión de los que te ven hundirte desde la orilla que la integridad de tu propia estructura.
Te llenaron la cabeza de «valores», «costumbres» y esa piedad social que te enseñó a pedir permiso antes de respirar.
Es ese nudo en el estómago que sientes cuando estás a punto de ganar el triple que tu padre, o cuando tus ambiciones no caben en la sala de estar de la casa donde creciste.
Quien se queda solo en el poder es porque su inseguridad fue más grande que su visión. El verdadero soberano no necesita que lo amen, necesita ser indispensable.
Se nos enseña que el beneficio individual es secundario al beneficio común. Otra mentira para mantener la maquinaria funcionando a costa de tu energía